Desestropiciando

Una planta brotando bajo el sol brillando desde la derecha

En España, el salario mínimo interprofesional es de 1.184€ brutos por 14 pagas. Por otro lado, la prestación económica de asistencia personal en la mayor parte de nuestro país es de 747€ al mes en 12 pagas (eso si tienes un grado 3 de dependencia entre otras condiciones, prácticamente que vivas debajo de un puente).

Al principio se cobraban 780€ al mes en 12 pagas, luego fue subiendo un poquito al año, después 711€, y ahora ha venido el subidón a 747€ (hablo de máximo). Cuando digo al principio me refiero a 2.008, o sea que en 17 años se ha pasado de recibir 811€ mensuales a 747€ al mes, sin contar otras variables de las que debería hablar en mayor detalle: copago, territorio, situación social, ámbito rural o urbano. A este dineral, hay que restarle por lo menos 200€ mensuales que le cuesta al trabajador darse de alta como autónomo. La diferencia entre entonces y ahora es de 64€ menos, pero a esto hay que añadir que el salario mínimo de 2.008 estaba en 600€ al mes y ahora casi se ha duplicado, como pueden ver en el primer renglón.

Yo pasé de cobrar 620€ a 637€ que vengo cobrando desde 2.011. No me puedo quejar, bueno, sí puedo. Ahora un par de comparaciones de esas odiosas teniendo en cuenta que yo soy bastante odioso: Si viviera en la Comunidad Valenciana recibiría hasta un máximo de 2.316€ al mes por asistencia personal. Puede, pero solo puede, que por esa inmensa diferencia salarial en la prestación haya cero personas en seis comunidades autónomas y cero personas en Ceuta y Melilla con asistencia personal.

Si se me fuera la neura y decidiera irme a sobrevivir a un centro residencial super super, de esos de última generación, el centro residencial recibiría este año 3.205€ mensuales o 4.107€ mensuales dependiendo de la clase de persona que me consideraran: Persona con discapacidad física, o persona con daño cerebral adquirido. Me perdería ir a la Comunidad Valenciana, pero qué le vamos a hacer.

En cualquier caso, salta a la vista la desigualdad económica dependiendo de donde viva uno o del servicio que elija. Me parece una pasada, y por otro lado, hay que tener en cuenta que, igual que existe un copago en la asistencia personal, también existe en la “sabia” decisión de encerrarme en un centro donde puedo elegir el color de las paredes de mi habitación. Casi veo lógico que entre diferentes comunidades autónomas exista una diferencia en el pago de la prestación por asistencia personal, pero que una persona discapacitada que viva en Andalucía reciba menos de tres veces tres lo que recibiría si viviera en la Comunidad Valenciana es algo que me supera. Me da que las autoridades incompetentes se ríen de nosotros a mandíbula batiente en cuanto les damos la espalda, o ni a eso esperan.

Del dinero que los gerentes, o la empresa que gestione una residencia, reciban por tener a una persona ingresada allí, no quiero hablar mucho porque, según dice el comité sobre los derechos de las personas con discapacidad de la ONU, la institucionalización no debería existir. El caso es que las personas que viven allí se sufragan su estancia en parte. Así llegamos al círculo vicioso de la pobreza adquirida por las personas discapacitadas internadas en los centros residenciales, también llamados “centros polivalentes” “centros de usos múltiples” y demás eufemismos (lo de “casa de reposo” para referirse a los manicomios ya está anticuado).

Otro aspecto a tener en cuenta es que las personas con grado 3 de dependencia necesitamos “el apoyo indispensable y continuo de otra persona” según el artículo 26 de la Ley de Promoción de la Autonomía Personal y Atención a las Personas en Situación de Dependencia (más conocida como “Ley de dependencia”), y el apoyo indispensable y continuo de otra persona serían las 24 horas del día los 7 días a la semana, como sucede en otros países.

Aunque la valoración como Gran Dependiente necesitando apoyo las 24 horas al día todos los días tampoco es del todo cierta. Hay quien no necesita apoyo por la noche y entonces le está regalando al gobierno de turno el coste/tiempo que pase en la cama. En mi caso 9 horas al día. Por otro lado, las personas discapacitadas tenemos derecho a la privacidad, como todo hijo de vecino. Así que, en cualquier momento, le podemos decir al asistente personal que nos deje solos.

Finalmente tengo que decir que, en los países más adelantados en cuanto a asistencia personal en Europa, no existe la “titulitis” que tenemos en España, no hay tal cosa como un título específico que ponga “certificado de asistencia personal” obligatorio para trabajar en este oficio. En palabras de la sueca Rodolfa Pérez (nombre ficticio), coordinadora superimportante de la cooperativa STIL:

“En Suecia, no se requiere un título o certificado oficial para trabajar como asistente personal. Algunos empleadores (o proveedores) pueden preferir candidatos con cierta experiencia o formación, pero legalmente no existe una cualificación obligatoria, y STIL, como cooperativa, se opone firmemente a la idea de una formación específica, ya que dicho requisito es incompatible con la filosofía de la vida independiente. Es, y siempre debería ser, la persona con discapacidad quien decide quién es el asistente adecuado para sus necesidades específicas”.

A lo que yo añado que para algo debe servir la entrevista previa a contratar a alguien en un trabajo, el Curriculum Vitae de esa persona, y la impresión que le cause al usuario.

Así las cosas, hay que destacar la enorme inoperancia de los sucesivos gobiernos estatales y autonómicos desde 2.008, año en el que se empezó a desplegar la, en mi humilde opinión, falsa asistencia personal que tenemos.

Cada día me parece más interesante que existamos 10.959 individuos en toda España que nos conformamos con la prestación económica que nos ofrecen la administración general de Estado y las Comunidades Autónomas, como si de un favor se tratara y no un deber de los poderes públicos (y nuestro derecho de ciudadanos) como manda la Constitución Española en sus artículos 9.2, 14 y 49, y establece la Convención sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad de la ONU en sus artículos 5 y 19. Como diría Marcelo en la obra Hamlet: “Algo apesta en el reino de Dinamarca”. Y yo no he sido.

 

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