Hay países todavía menos desarrollados que España en materia de Vida Independiente para personas discapacitadas (aunque parezca mentira) en los que, a falta de una asistencia personal de verdad de las buenas, se regula en exceso, de modo bastante penoso y desigual, y todo dirigido a satisfacer a la industria del minusvalidismo (que sigue fuerte en lo suyo, que es lo nuestro en realidad), y a dificultar que se despliegue una asistencia personal en condiciones. Ello dificulta la existencia de las personas discapacitadas, de nuestras familias, y de los trabajadores (por resumir).
Los países en los que la asistencia personal va dirigida a facilitar seriamente nuestras vidas y a conseguir nuestro derecho a la vida independiente, no tienen una formación específica de asistente personal. No hay un título como tal que ponga en un diploma bien vistoso: Asistente Personal. Si alguien necesita un médico o una enfermera, acudirá a un médico o enfermera, no a un Asistente Personal, que tiene otras funciones. Son cosas del empoderamiento de las personas discapacitadas, y de dedicar nuestras energías e intereses a lo que de verdad interesa.
Hay que recordar la importancia que, en este caso, cobra la entrevista laboral, que debe ser para algo, se supone. En ella se le pregunta al candidato al empleo su formación previa, se ve su actitud y se analiza si es un farsante o una persona decente. Como en cualquier puesto de trabajo, vaya. No queramos ahora descubrir la rueda.
Hablando del tema de la formación, la observación general 5 del Comité de la ONU sobre los derechos de las personas con discapacidad, en 2017 ya decía:
16.III Este tipo de asistencia es una relación personal. Los asistentes personales deben ser contratados, capacitados y supervisados por las personas que reciban la asistencia, y no deben ser “compartidos” sin el consentimiento pleno y libre de cada una de estas personas.
Por supuesto que, los gobiernos españoles, en lugar de escuchar a los mayores expertos en materia en derechos de las personas discapacitadas (Comité de la ONU, nosotros mismos y nuestros aliados), siguen en sus trece, con sistemas de apoyo compartido, formación obligatoria impartida por no se sabe muy bien quién. Afirman, como cuando les han tirado de las orejas por lo de la educación inclusiva (2 veces), que nosotros poca idea del tema tenemos, que mejor ya se ocupan ellos (los no discapacitados).
Y luego sale lo que sale y como sale. Cada vez que el gobierno central y los autonómicos legislan para intentar corregir los defectos de ese apoyo humano sin la participación significativa de personas o entidades de personas discapacitadas, lo estropean aún más. Del mismo modo que en España no existe un sistema verdadero de educación inclusiva compatible con la Convención, tampoco hay uno de asistencia personal compatible con lo que dice la ONU. El estancamiento y retroceso en estas cuestiones es patente, por ahora nos están dejando con la miel en los labios y alejándola. Las reformas que se nos vienen encima no apuntan en la dirección correcta, sino a reforzar servicios como la teleasistencia, o la reforma de centros residenciales de gran tamaño a centros residenciales de menor tamaño.
Aparte de la nada necesaria formación específica en asistencia personal (si yo necesito que mi asistente personal sepa conducir, yo no puedo enseñarle a conducir, en la entrevista de trabajo me tendrá que demostrar que sabe hacerlo) que nos quita empoderamiento a las personas usuarias del servicio, destaco la baja retribución y demás beneficios que debe recibir el trabajador, lo que provoca que la tasa de rotación de los trabajadores sea desproporcionadamente alta, y eso no redunda en beneficio de nadie.
Si lo que se pretende es fomentar nuestra autonomía personal y vida independiente, para empezar nos debemos centrar en estos primarios puntos (esquivar formación superflua en materia de apoyos, retribución), no en reforzar la teleasistencia, fomentar la ayuda a domicilio, poco satisfactoria para cliente y trabajador precario, y muy lucrativa para el empleador, ni en la transformación de grandes centros institucionalizados en centritos más pequeños donde las personas discapacitadas podamos elegir el color de nuestra pared, pero luego nos dan porquería para comer y las actividades grupales siguen a la orden del día.
Así no vamos a salir del círculo vicioso en el que nos encontramos. No es asumible que en una tarea en la que se supone que debemos ir juntos, vayamos gruñendo al otro como si fuera un enemigo a batir, y ese no es el caso. Más bien se trata de conseguir el bien común.